
Londres, marzo de 2009
En marzo de 2009 viajé a Londres con Susana, mi mujer. Pasamos varios días recorriendo la ciudad, visitando sus lugares más conocidos y descubriendo otros que nos encontrábamos mientras paseábamos.
Fue uno de esos viajes que recordamos con especial cariño. Nos encantó Londres y, aunque parezca mentira, desde entonces no hemos vuelto. Tenemos muchas ganas de repetir.
Por supuesto, viajé con mi cámara de fotos.
Por aquel entonces utilizaba una Sony Alpha 100. Llevaba un 50 mm fijo y, por lo que he podido comprobar ahora revisando los datos EXIF, probablemente el 18-70 mm que se vendía con la cámara.
Durante aquellos días fotografié prácticamente todo lo que me llamaba la atención. Las calles, la gente, los edificios, el metro, los autobuses, las luces de noche... Me entretenía muchísimo buscando fotografías, probando encuadres y experimentando con las posibilidades de aquel equipo.
Pero lo curioso de volver a mirar estas imágenes tantos años después no es solamente recordar el viaje.
Es descubrir cuánto ha cambiado todo desde entonces.

Una época de transición
Hay algo que me resulta especialmente interesante al observar estas fotografías: la manera en la que nos comportábamos.
En 2009 ya existían los teléfonos con cámara y la fotografía digital llevaba tiempo entre nosotros, pero todavía estábamos lejos de la relación que tenemos actualmente con las imágenes. Instagram ni siquiera existía.
Cuando visitabas una ciudad, lo habitual era encontrarte a personas paseando, conversando, mirando escaparates, esperando el autobús o simplemente disfrutando de lo que tenían delante.
Por supuesto que había turistas haciendo fotografías. Yo era uno de ellos. Pero no recuerdo aquella sensación que tenemos ahora de llegar a un lugar conocido y encontrarnos a medio mundo con el móvil levantado, grabando, haciéndose selfies o buscando exactamente la misma fotografía.
Me gustaba llevar la cámara colgada, detenerme donde encontraba algo interesante y dedicarle el tiempo que me apeteciera. Era divertido salir a fotografiar sin más pretensión que descubrir cosas.
Y seguramente alguna persona pensaría que yo era el raro que iba por Londres con una réflex fotografiando cualquier cosa.
Ahora lo pienso y me hace gracia.
También era una época interesante para la propia fotografía. El digital ya se había extendido muchísimo, pero el carrete todavía seguía presente. Había fotógrafos profesionales que continuaban utilizándolo y otros que estaban completando su transición.
Sony acababa de entrar en el mercado de las réflex digitales y el sector estaba viviendo unos cambios enormes. Lo curioso es que todo aquello, que entonces nos parecía una revolución tecnológica, hoy ya forma parte de la historia.

La Sony Alpha 100, la primera réflex digital de Sony
La Sony Alpha 100 había salido al mercado en 2006, apenas tres años antes de aquel viaje.
Fue la primera réflex digital comercializada por Sony dentro de su sistema Alpha, después de que la compañía asumiera buena parte del negocio de cámaras y la tecnología fotográfica de Konica Minolta.
Era una cámara de entrada, pero tenía características bastante interesantes para su época.
Incorporaba un sensor CCD APS-C de 10,2 megapíxeles, estabilización de imagen mediante desplazamiento del sensor —el conocido Super SteadyShot— y montura A, compatible con numerosos objetivos de Minolta y Sony.
Era una réflex de las de toda la vida, con espejo y visor óptico. Nada que ver con las cámaras sin espejo que utilizamos actualmente.
Y aunque ahora 10 megapíxeles puedan parecer muy pocos, entonces daban bastante de sí.
Eso sí, había limitaciones importantes, especialmente cuando trabajabas en condiciones complicadas de iluminación.
Recuerdo que durante aquel viaje hice fotografías con todo tipo de luces. Algunas nocturnas, otras con exposiciones largas, escenas con fuertes contrastes y muchas pruebas que terminaban mejor o peor.
Cuando llegué a casa revelé las fotografías con Lightroom, como hacía habitualmente.
Algunas imágenes quedaron muy bien. Otras tenían altas luces que parecían imposibles de recuperar, sombras con demasiado ruido o zonas de la imagen que sencillamente no conseguía corregir.
Había momentos en los que aceptabas que la cámara no daba para más. O al menos eso pensaba yo.

Una fotografía que terminó en calendarios de todo el mundo
Entre las fotografías de aquel viaje hay una a la que tengo especial cariño.
Es una escena bastante sencilla: un buzón rojo, una pared de ladrillo y dos personas que parecen mantener una conversación. Una de ellas tiene un cigarrillo.
Me gusta especialmente por la composición, los colores y la naturalidad del momento.
Aquella fotografía terminó teniendo bastante más recorrido del que esperaba.
Una empresa la seleccionó para utilizarla en unos calendarios que distribuyó a nivel internacional. Recuerdo que incluso me enviaron varios ejemplares.
Es una de esas pequeñas satisfacciones que te llevas cuando haces fotografía por puro gusto, sin pensar demasiado en lo que puede ocurrir después con una imagen.
Y ahí sigue, más de diecisiete años después, entre mis fotografías favoritas de aquel viaje.
Volver a abrir un disco duro once años después
Tengo una costumbre que he mantenido prácticamente desde que empecé a trabajar con fotografía digital: no borro ninguna fotografía.
Ni siquiera las que descarto.
Todo lo que fotografío lo hago en RAW. No utilizo JPEG cuando salgo con mis cámaras. Para hacer fotografías rápidas ya tengo el móvil.
Con los años he ido acumulando una cantidad considerable de archivos.
Los organizo por años, en discos duros de 3,5 pulgadas. Primero utilizaba unidades de 1 TB, después de 2 TB y actualmente de 4 TB.
Tengo un maletín bastante pesado lleno de discos duros y otros tantos guardados aparte. Ahí está prácticamente toda mi historia como fotógrafo: trabajos profesionales, viajes, pruebas, fotografías personales y miles de imágenes que seguramente no he vuelto a abrir desde que las hice.
Durante la pandemia, en 2020, aproveché para recuperar algunos discos antiguos.
Uno de ellos contenía el viaje a Londres.
Lo bueno de haber trabajado durante tantos años con Lightroom es que también he conservado sus catálogos. Puedes abrirlos con versiones más recientes, actualizarlos y volver a encontrar tus fotografías con los ajustes de revelado que aplicaste en su momento.
Y eso fue exactamente lo que hice.
Volví a ver aquellas imágenes, recordé muchos momentos del viaje y empecé a curiosear entre fotografías que hacía años que no tocaba.
Hasta que me encontré con algo que me sorprendió muchísimo.

¿Cómo era posible recuperar aquello?
Al revisar algunas fotografías que recordaba especialmente complicadas, decidí probar los controles de revelado de la versión de Lightroom que tenía instalada.
Y ocurrió algo que no esperaba.
Imágenes que en 2009 consideraba prácticamente irrecuperables empezaron a mostrar información que entonces no había conseguido sacar.
En algunas fotografías, las altas luces parecían completamente quemadas. Recuerdo especialmente zonas de piel excesivamente expuestas, donde daba por perdida buena parte del detalle.
Sin embargo, ahora bastaba con mover ligeramente el control de altas luces o ajustar la exposición para recuperar zonas que antes me parecían imposibles.
Y no hablo de llevar los controles al extremo y terminar con una fotografía artificial. En algunos casos eran ajustes relativamente pequeños.
Me quedé bastante sorprendido.
¿Cómo podía ser que una fotografía realizada con una cámara de 2006, utilizando exactamente el mismo RAW, me estuviera ofreciendo ahora posibilidades que no había conseguido aprovechar once años antes?
La cámara no había cambiado. El sensor tampoco. Y el archivo seguía siendo el mismo.
Lo que había cambiado era el software con el que lo estaba interpretando.
¿Dónde estaba realmente la limitación?
Esta experiencia me hizo pensar bastante en algo que quizá no valoramos lo suficiente cuando hablamos de tecnología fotográfica.
Siempre estamos pendientes de las capacidades de los sensores, el rango dinámico, el ruido, la resolución o las mejoras que ofrece una cámara nueva frente a la anterior. Y evidentemente todo eso importa.
Pero una cosa es la información que un sensor consigue registrar y otra muy distinta nuestra capacidad para interpretarla.
Los archivos RAW contienen datos que necesitan ser procesados para convertirse en una imagen visible.
A lo largo de los años, los programas de revelado han evolucionado muchísimo. Han mejorado los algoritmos que gestionan las luces, las sombras, el color, el ruido y la manera de interpretar la información capturada por los sensores.
Lightroom, por ejemplo, introdujo en 2012 cambios importantes en su motor de procesado y en las herramientas para trabajar las zonas de alto contraste. Esas mejoras ya existían antes de 2020; fui yo quien volvió entonces a aquellas fotografías por primera vez después de tantos años.
Y aquello tiene una consecuencia muy interesante: un mismo archivo puede ofrecer resultados diferentes dependiendo de la tecnología disponible para procesarlo.
Por supuesto, hay límites físicos. Si una zona está realmente quemada y el sensor no ha registrado información aprovechable, no podemos recuperarla fielmente de la nada.
Pero una zona que visualmente parece quemada no siempre ha perdido toda su información. Puede conservar datos tonales o información en algunos canales de color que permitan mejorar su apariencia.
Eso es lo que había ocurrido con algunas de mis fotografías.
No había descubierto información nueva. Había descubierto que existían maneras mejores de aprovechar la información que ya estaba allí.

Y eso me llevó a hacerme otra pregunta mucho más interesante.
¿Qué información estamos guardando hoy sin saber lo que podremos hacer con ella?
Pensemos por un momento en lo que ha sucedido.
En 2009 utilicé una cámara relativamente sencilla para fotografiar un viaje. Once años después, un programa de revelado me permitió aprovechar mejor información que llevaba todo ese tiempo guardada en un disco duro.
Y ahora, en 2026, estamos utilizando tecnologías que hace apenas unos años nos habrían parecido ciencia ficción.
Nuestros dispositivos registran muchísima más información que entonces.
Las cámaras generan archivos de una calidad extraordinaria. Los teléfonos incorporan varios sensores y, según la configuración y los permisos, pueden registrar ubicaciones, movimientos y otros datos. Guardamos fotografías, vídeos, recorridos y una cantidad enorme de información digital.
Y probablemente todavía no conocemos todas las posibilidades que podrá tener esa información en el futuro.
No estoy hablando de inventar cosas que nunca existieron. Estoy hablando de nuestra capacidad para analizar, relacionar e interpretar mejor los datos que ya estamos registrando.
¿Hasta dónde podrán llegar los algoritmos de dentro de quince o veinte años?
¿De qué manera podremos consultar nuestros archivos fotográficos?
¿Seremos capaces de recuperar detalles que hoy no sabemos interpretar?
¿Podrán nuestras fotografías, sus metadatos y la información que registran nuestros dispositivos ayudarnos a reconstruir nuestros viajes, documentar cómo han cambiado las ciudades o encontrar relaciones que ahora ni siquiera se nos ocurre buscar?
No tenemos respuestas para muchas de estas preguntas.
Pero tampoco habría sabido responder en 2009 si alguien me hubiera preguntado qué podría conseguir con aquellos RAW once años después.
Y eso es precisamente lo que me resulta tan interesante.

Londres ya no es exactamente el Londres que fotografié
Hay otra parte de esta historia que me gusta especialmente.
Las fotografías que estoy compartiendo no solamente muestran cómo trabajaba con mi cámara en 2009. También son un pequeño documento de aquella época.
Los anuncios de Piccadilly Circus, los vehículos, los escaparates, la ropa, las calles, las personas... Muchos de esos detalles han cambiado y otros seguramente han desaparecido.
Al revisar las fotografías me he entretenido observando cosas en las que probablemente ni siquiera me fijé cuando pulsé el disparador.
Y eso también tiene mucho valor.
Cuando fotografiamos algo, normalmente pensamos en la imagen que queremos conseguir en ese momento. Pero con el paso de los años esas mismas fotografías pueden terminar contándonos muchas otras cosas.
No hace falta que sean grandes acontecimientos. A veces una calle cualquiera, un escaparate o dos personas conversando junto a un buzón pueden resultar mucho más interesantes cuando han pasado casi veinte años.
Quizá por eso me gusta tanto volver a mirar fotografías antiguas. Porque no siempre vemos lo mismo que vimos cuando las hicimos.



Volver a mirar lo que ya teníamos
Han pasado más de diecisiete años desde aquel viaje.
La Sony Alpha 100 quedó atrás hace mucho tiempo, las cámaras han evolucionado enormemente y el mundo en el que hacemos fotografías es bastante distinto.
Sin embargo, ahí siguen aquellos archivos. Las mismas imágenes que tomé paseando por Londres con Susana, guardadas en uno de mis viejos discos duros.
Me alegro de haberlas conservado.
No porque todas sean buenas ni porque algún día vaya a utilizarlas profesionalmente. Muchas seguramente no volverán a servir para nada.
Pero forman parte de mi historia y, como he podido comprobar, conservar los originales también permite volver a trabajar con ellos cuando la tecnología avanza.
Lo que me ocurrió con Lightroom fue algo relativamente sencillo, pero me hizo pensar en todas las posibilidades que todavía nos quedan por descubrir.
Si en apenas once años fui capaz de obtener resultados que en su momento creía imposibles, tengo mucha curiosidad por saber qué podremos hacer dentro de otros quince o veinte.
Y no solamente con nuestras fotografías.
¿Qué información estaremos guardando hoy que todavía no sabemos utilizar y que dentro de veinte años nos parecerá increíble haber tenido siempre a nuestro alcance?
No lo sé.
Pero espero seguir conservando mis archivos para descubrirlo.
Y, por supuesto, espero volver a Londres con Susana mucho antes de que pasen otros diecisiete años.
