Me fui a Estambul con una cámara de fotos que prácticamente no utilicé. No porque el móvil hiciera mejores fotografías, ni porque hubiera dejado de disfrutar con una cámara entre las manos. Justamente al contrario: sé perfectamente lo que podría haber conseguido con mi equipo de trabajo. Pero en aquel viaje me apetecía fotografiar de otra manera.
Volví con un montón de imágenes hechas con el iPhone 17 Pro y con una sensación curiosa: había renunciado a bastante calidad, pero había ganado libertad. Y creo que esa es la parte más interesante de todo esto.

Venía de un iPhone 13 y echaba de menos algo muy concreto
Antes de cambiar el iPhone 13 por el 17 pro había tenido varios Samsung Galaxy con tres cámaras. Siempre me había parecido fundamental contar con un teleobjetivo. Aun así, cuando cambié al iPhone 13 pensé que podría vivir sin él. Tenía una cámara principal y un ultra gran angular, y en aquel momento decidí que serían suficientes.
Me equivoqué. Durante los años que lo utilicé eché mucho de menos la posibilidad de acercar escenas y buscar encuadres que con una focal angular simplemente se quedan demasiado lejos. Así que cuando llegó el momento de cambiar de móvil, después de bastante tiempo, lo tuve claro: quería el 17 Pro. El precio era considerablemente mayor, pero para mi forma de fotografiar necesitaba ese teleobjetivo.
Un gran angular y un 200 mm sin cambiar de objetivo
La cámara principal del iPhone 17 Pro ofrece un encuadre equivalente a 24 mm en formato de 35 mm. También tiene un ultra gran angular de 13 mm y, lo que más me interesaba, un teleobjetivo óptico de 4x, equivalente a 100 mm. A partir de ese teleobjetivo ofrece un encuadre de 8x, equivalente a 200 mm, utilizando los 12 megapíxeles centrales del sensor de 48 megapíxeles. Apple lo llama «zoom de calidad óptica»; para entendernos, no es otra óptica de 200 mm, sino un recorte de bastante resolución sobre la cámara de 100 mm.
En Estambul disfruté muchísimo ese 8x. ¿Pierde calidad respecto al 4x? Sí, y en determinadas escenas bastante. Pero me daba igual. Podía mirar al fondo de una calle, acercar un puente, aislar un edificio entre muchos otros o buscar una composición con construcciones delante y la ciudad detrás. No tenía que imaginar cómo quedaría recortando después: ya estaba viendo esa fotografía en la pantalla.

Esto me parece importante. Disponer de un encuadre largo en el momento en que buscas la foto cambia tu manera de mirar. No es lo mismo que llevarte una imagen angular y decidir días después qué parte recortas. La perspectiva, hablando con propiedad, la determina el lugar desde el que fotografías; lo que cambia el teleobjetivo o el recorte es todo lo que decides incluir y dejar fuera del encuadre.


Pensad ahora en llevar una Canon R6 con un RF 15-35 mm y un 70-200 mm. Son dos objetivos fantásticos. También son un peso considerable, ocupan espacio, obligan a cambiar de lente según lo que quieras fotografiar y suponen llevar encima muchos miles de euros en material. Durante un viaje, y más cuando vas con otras personas, no siempre te apetece estar pendiente de todo eso.
Hacer fotografías sin tener que parar continuamente
Habitualmente, cuando viajo, no llevo mi equipo de trabajo principal. Suelo llevar una Canon RP con un RF 35 mm, algo más sencillo y económico. No me gusta marcharme con cinco mil euros en equipo, sobre todo porque es material con el que después tengo que trabajar.
Pero incluso con esa cámara más pequeña me sucede algo: cuando la tengo en las manos, cambio la manera de hacer fotografías. Me detengo un poco más, pienso el encuadre, espero, busco. Es mi manera de entender la fotografía con una cámara. No suelo disparar por disparar.
Con el móvil me pasa casi lo contrario. Puedo ir caminando, hablando con alguien, disfrutando de un lugar y hacer una foto sin convertirlo en una pequeña parada para todo el grupo. Puedo disparar porque algo me llama la atención, sin preocuparme tanto de si merece la pena o de cuánto tiempo dedicaré después a editarlo. Y si quiero detenerme y pensar una fotografía con calma, también puedo.
Esa ligereza no es solo cuestión de gramos. Es tranquilidad, comodidad, no tener que vigilar continuamente una mochila cara, no tener que cambiar objetivos y, sobre todo, no condicionar el paseo de quienes vienen conmigo. Todo eso también forma parte de mi experiencia como fotógrafo.

La calidad me sorprende, pero no la confundo con la de mi cámara
Las fotografías del iPhone 17 Pro me parecen muy disfrutables. Tienen detalle, los colores suelen funcionar bien y para verlas en pantalla, compartirlas o guardar el recuerdo de un viaje ofrecen muchísimo. También permiten realizar una edición rápida con Fotos, Lightroom en el teléfono o cualquier otra aplicación sencilla.
Por la noche me ha sorprendido lo bien que puede registrar determinadas escenas y recuperar luz. También es cuando aparecen cosas que me gustan menos: destellos, reflejos de puntos de luz y un aspecto de algunas iluminaciones que no siempre puedo controlar. No es solo una cuestión de procesado; la óptica y los reflejos internos también tienen mucho que ver. El resultado, aun así, me ha parecido más que satisfactorio para el uso que le doy.


Eso sí: cuando pienso en mi Canon R6 con el RF 50 mm f/1,4, no encuentro comparación. Hablo del detalle útil, del desenfoque óptico, de la transición de los planos, del margen para editar el archivo y de la manera en que la cámara responde. Para mi trabajo esa diferencia sigue siendo enorme. No digo que un móvil no pueda resolver una situación profesional concreta; digo que, para lo que yo necesito, todavía no sustituye a mi cámara.

El momento de la foto sigue siendo un problema
Mi mayor crítica al iPhone 17 Pro no es la calidad. Es algo que sigo notando desde hace años con los móviles: la falta de instantaneidad cuando quiero fotografiar movimiento.
Me explico. Estoy viendo un gesto, alguien camina hacia mí, gira, se ríe o mueve una mano. Pulso el disparador y muchas veces siento que la foto no corresponde exactamente con el instante que yo quería. Como si el teléfono hubiera reaccionado un poco después. No sé cuántas milésimas son, ni pretendo dar una cifra que no he medido. Es una sensación que se repite y que, como fotógrafo, noto muchísimo.
Y no estoy hablando de hacer una fotografía a 1/50 s y que salga movida. Eso es otra cosa: la duración de la exposición puede registrar el movimiento del sujeto o la trepidación de la cámara. Yo hablo del intervalo y de la respuesta entre pulsar y capturar el momento. Ahí intervienen el enfoque, la gestión automática de la cámara y otros procesos. Los teléfonos utilizan además sistemas que intentan anticipar el disparo, así que no se puede reducir todo a decir que «procesan y por eso disparan tarde».
Incluso con una antigua Canon 5D Mark II y un 50 mm EF f/1,8 tenía una sensación de respuesta más directa. Evidentemente el enfoque de mi R6 actual con el nuevo RF 50 mm f/1,4 es mucho más avanzado. Pero esa conexión entre lo que veo y el momento en que disparo la sigo encontrando en la cámara de fotos y no del mismo modo en el móvil.
Para paisajes, arquitectura, escenas tranquilas o fotografía callejera pausada, el iPhone me funciona muy bien. Para un reportaje con personas moviéndose constantemente, buscando gestos rápidos sin estar pendiente del funcionamiento del teléfono, todavía no me encuentro igual de cómodo. Y para mí esa es una diferencia muy importante.
¿Y el diafragma variable del iPhone 18 Pro?
Precisamente mientras escribo esto Apple ya ha presentado el iPhone 18 Pro con apertura física variable, algo que me parece interesante. Permite elegir entre f/1,48, f/1,8, f/2,8 y f/4, pero solamente en la cámara principal, la equivalente a 24 mm. Ni el ultra gran angular ni el teleobjetivo tienen esa apertura variable.
Y aquí tengo mis dudas. Un diafragma variable aporta control sobre la luz y la profundidad de campo, especialmente cuando fotografías cerca, pero en un angular con un sensor pequeño los cambios de desenfoque de fondo suelen ser menos llamativos que los que buscamos con un 50 o un 85 mm luminosos en formato completo. A mí me gustaría especialmente ver ese control aplicado a una focal más larga.
También es verdad que cerrar el diafragma no significa eliminar automáticamente los destellos de las luces nocturnas. Eso depende de más cosas. Pero me gusta que los móviles empiecen a recuperar controles físicos que llevamos toda la vida utilizando en las cámaras.
¿Hacia dónde irá todo esto? No lo sé. Imagino que acabaremos viendo módulos más pequeños, más versatilidad y quizá menos cámaras aparentes. Aunque la óptica tiene sus límites y no todo se puede solucionar electrónicamente. Será interesante comprobar cómo evoluciona.
Poder disparar en DNG no significa que me apetezca hacerlo
El iPhone 17 Pro permite fotografiar en Apple ProRAW y guardar archivos DNG. Es una posibilidad estupenda para quien quiera editar más a fondo, aunque ProRAW no sea exactamente el mismo tipo de RAW que obtengo con la Canon, porque también incorpora procesamiento computacional.
Pero en mi caso prefiero no complicarme. Esos archivos ocupan mucho más, el almacenamiento del móvil y de la nube no es infinito y no voy a sentarme a editar una por una todas las fotografías que hago durante un viaje. Con la Canon trabajo con tarjetas que descargo en el ordenador, organizo y edito en Lightroom. Es un flujo que conozco bien y que tiene todo el sentido cuando estoy trabajando.
Con el iPhone no busco eso. Quiero fotografiar, conservar las imágenes y dedicar un rato a editar alguna si me apetece. No necesito convertir las fotos del teléfono en otro trabajo pendiente.
Cuando estrenaba mi iPhone 3G
Buscando fotografías antiguas he recuperado algunas hechas con mi primer iPhone, el 3G, entre 2008 y 2010. Entre ellas hay imágenes de Madrid y de otros lugares. Da bastante vértigo verlas ahora: menos resolución, menos detalle, un comportamiento mucho más limitado cuando la luz se complicaba... Pero ahí están, y me siguen recordando perfectamente aquellos momentos.
Lo curioso no es solo cómo han mejorado las cámaras de los móviles. Es cómo ha cambiado nuestra intención al utilizarlas. En aquellos años hacía alguna fotografía puntual con el teléfono. Si salía de viaje pensando en hacer buenas fotos, me llevaba la cámara. Ahora puedo irme a Estambul, tener una cámara en la mochila y terminar prácticamente todo el viaje con el móvil.
Estas fotografías del iPhone 3G y las del iPhone 17 Pro no son una comparación de laboratorio: ni están hechas en los mismos lugares ni con la misma luz. Me interesa verlas juntas porque cuentan cómo ha cambiado en estos años lo que espero de un teléfono cuando salgo a fotografiar.




Y también he recuperado alguna imagen que me hace recordar que las fotografías valen por muchas cosas distintas de su nitidez.

¿Me arrepiento de no haber utilizado la Canon en Estambul?
A veces pienso en las imágenes que podría haber hecho con la R6 y el 15-35 mm. Es un objetivo espectacular. Al volver a casa y editar, sé que habría encontrado un nivel de detalle y una imagen final muy diferente. Claro que me habría gustado tener algunas de esas fotografías.
Pero también sé lo que habría supuesto. Más peso, más atención al equipo, más paradas y más tiempo dedicado a cada fotografía. Y sinceramente, en aquel viaje no tenía ni quería dedicar ese tiempo. Estaba disfrutando de otra cosa, de pasear, de mirar y de hacer fotografías sin que todo girase alrededor de ellas.
Así que no, no me arrepiento. El móvil no ha reemplazado mi cámara profesional ni ha cambiado lo que quiero utilizar para trabajar. Lo que me ha dado es otra forma de fotografiar. Y con este iPhone 17 Pro, sobre todo gracias a poder saltar de un gran angular a un encuadre tan largo sin moverme del sitio, he disfrutado mucho de esa libertad.
Puede que la mejor cámara no sea siempre la que produce el mejor archivo. A veces es la que te deja seguir caminando.

